“Por una nueva ética política”

15.03.2009 El Mundo

Carina Mejías

‘El último barómetro de opinión publicado esta semana cifra en un 75% el índice de insatisfacción política. Un dato que alarma por la brecha que se agranda, que quiebra cada día más la confianza entre los ciudadanos y políticos que sólo reaccionan ante la cita electoral.

La conclusión del estudio es que no hay razones para la esperanza ni para la ilusión, y sí para el desengaño y la frustración, en un panorama de crisis económica profunda, sin que se pueda identificar ningún factor de cambio que ilusione a una sociedad inmersa en el relativismo moral.

Todo un desafío para quien pretenda sobrevivir y afrontar una situación económica precaria e incierta, con gobiernos que han hecho de la mentira virtud y para quien se haya desengañado al depositar su confianza en el habitual abanico de promesas que luego se tornan en decepción.

Las cifras son indiscutibles, ahora es el momento de discutir las ideas, afrontar el presente y proponer soluciones con valentía para el futuro.

Si hacemos un repaso de los temas que han protagonizado la última semana, la incertidumbre, la corrupción, la desconfianza en la justicia o el despilfarro del dinero han centrado los temas del debate público, muy alejados de los de interés general.

Sólo nos queda un pequeño margen para acercarnos a esa realidad de comedores sociales repletos de clases medias arrolladas por la crisis, de personas que no supieron administrarse, los restos de un naufragio social provocado por los excesos de la sociedad materialista y opulenta de estos últimos años a las que los políticos no supieron o no quisieron prevenir ni advertir del riesgo de vivir en el sueño de la abundancia. Cada uno estaba a lo suyo.

Es el resultado de años de actitudes que han forjado lo que se ha dado en llamar «la clase política» como un género al margen de la sociedad real, una casta diferente que vive en el interior de las instituciones públicas, protegida por sus privilegios y productora de debates ajenos a la realidad social, amplificados hasta el extremo por los medios de comunicación y unos opinantes capaces de convertir lo más nimio en primordial.

Entretenidos en los problemas de los protagonistas del papel couché, nadie advirtió la decadencia social, de la falta de valores y el declive económico.

En los últimos años, la sociedad se ha acomodado al relativismo moral, a la creencia en que el fin justifica los medios y a la idea de que cualquier cosa vale si con ello se consigue dinero, fama y notoriedad. Tenemos una sociedad de héroes con pies de barro a quienes la justicia se ha mostrado incapaz de exigir responsabilidades.

Es el momento de una regeneración política que evite que, a la hora de abordar asuntos públicos, la demagogia favorezca el victimismo, los intereses partidistas y los particularismos, legitime la discriminación, el fanatismo o los nacionalismos exacerbados como método de estrategia política, que nada tienen que ver con la voluntad de gestionar la cosa pública al servicio del interés general. Con este panorama, ya empiezan a oírse las primeras voces que llaman a la regeneración política y a la recuperación de valores perdidos que deben guiar a todo aquel que tenga vocación de servicio público.

Es necesario un nuevo orden para actuar en política, la forja de una nueva generación de políticos capaces y formados para liderar la toma de decisiones, alejados del interés individualista; un nuevo orden que prime la honestidad, la eficacia en la gestión y el esfuerzo por mejorar todo cuanto concierne a los demás; un nuevo orden económico con límites que acaben con el enriquecimiento injusto, con la impunidad de la avaricia ante las grandes estafas, con los contratos blindados y con beneficios imposibles de justificar; un nuevo orden jurídico en el que la justicia sea capaz de exigir responsabilidades de manera rápida y ejemplar ante el incumplimiento de las normas que garantizan nuestra seguridad.

Necesitamos una regeneración política que nos lleve a recuperar los valores éticos, que nos permita volver a ordenar nuestro sistema de convivencia y que nos devuelva la confianza en el futuro y el respeto por la voluntad general.

Son muchas las voces que comienzan a reclamar un nuevo orden ético-político, ético-económico y ético-jurídico que regenere una democracia que ha cedido la voluntad general a los intereses particulares, convirtiéndose tan sólo en un espejismo de la realidad.

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